Una vez había un hombre, llamado Lord Brahms,que no podía dormir por las noches, padecía de un insomnio agudo y enfermizo. Daba vueltas de un lado a otro búscando esas imágenes ensoñecedoras que vemos cuando cerramos los párpados y nos disponemos a caer en el maravilloso mundo de lo onírico.Pero era imposible. Este señor acudió a un médico psicoanalista cuando su problema no le permitía llegar a horas puntuales al trabajo, pensar con claridad durante el día, o disfrutar de una jornada de trabajo agradable y exhaustiva.
- Para disfrutar de un sueño plácido y satisfactorio -le aclaraba el médico- debe realizar una práctica durante el día consistente en decir siempre la verdad en cada situación, en cada momento. El ser humano aprendió a no decir la verdad cuando entendió que sus palabras llegaban a tener una relevancia incontrolable para aquel que las escuchara. Aprendimos a ser educados, civilizados y con ello, en el mismo paquete venía adjunto la educada norma social de omitir la verdad, por las consecuencias que podría tener. Por tanto -concluyó el médico- para dormir con placidez debe usted decir la verdad en cada momento. Con una consciencia así de tranquila dormirá como una marmota suelta al aire libre.
-¿Desde cuándo le ocurre?
-Desde hace 30 años.
Tras escuchar estas palabras, asimilar sus significados, e incluso aportar nuevas ideas a la teoría de la verdad referida al sueño, Lord Brahms salió de la consulta algo confuso pero con el optimismo de querer hacer bien las cosas. Esa misma tarde dió un paseo por el centro de la ciudad búscando la manera de agotar su energía física de cara a afrontar las horas nocturnas con todas las armas que estuvieran a su alcance. Entró en un centro comercial, ojeó instrumentos musicales, se paseó por las fragancias inagotables de la sección de perfumeria y curioseó cual alegre abejita en la sección de ropa de caballeros, en la que apreció, de lejos, tenía una vista de lince, unos calcetines de punto con rombos entrecruzados de colores apagados y discretos. Lo tomó en la mano decidido a comprarlos y se dirigió hasta una cajera con un ligero aire en su mirada de mal humor.
- ¿ Qué precio tienen estos calcetines?
-Treinta euros, caballero.
En una situación normal, Lord Brahms, hubiese asentido con la cabeza y hubiera dejado los calcetines donde los encontró pero, previendo que si hiciera eso esa noche no podría conciliar el sueño se atrevió a decir:
- ¿Acaso contienen dentro un reloj de oro?
-Señor, -contesto irritada la cajera, es el precio que tienen, son de marca importada, ¿ve la etiqueta?
- Esto es un robo y usted es una dependiente maleducada y sin sentido común ¿ Cree que la gente se gastaría el dinero en esto?. Así no venderá nada. Claro que eso a usted no le importa, usted será el último mono dentro de estos grandes almacenes. Me gustaría verla en su casa bebiendo ginebra y opinando sobre los programas de televisión. Valiente estúpida.
Dicho esto último Lord Brahms, defensor de la verdad, arrojó a la cara de la señorita el par de calcetines y la insultó con palabras como ignorante, animal y androide. La señorita llamó a seguridad y rápidamente y en cuestion de segundos aparecieron, tras un mueble expositor de libros de autoayuda, tres agentes de seguridad caminando a marcha rápida y mirando de un lado a otro. Lord Brahms esperando la llegada de estos, los insultó con palabras hostiles como gorilas, descerebrados y muertos de hambre que no sabrían nada sobre la cultura europea heredera de la cultura griega y romana. Los llamó después trogloditas malolientes cuyos únicos sueños en la vida es hacer el amor con sus esposas o escaparse de taberna en taberna con otros trogloditas de su misma especie, animales.
En el centro comercial habría, repartidas entre las distintas secciones, unas trescientas personas, pues bien, al escucharse el desproporcionado eco de la última palabra gritada por Lord Brahms, "animales", las trescientas personas se aglomeraron al rededor de él, dándole aplausos y alentando su acción. Cuando Lord Brahms asimiló lo ocurrido sintió en la nuca un golpe seco.
-Óigame gorila, la próxima vez que toque a alguien será en una fosa común.
Dicho esto, se armó una lucha puramente física que ganó por puntos, y por estilo, el agente de seguridad. Lord Brahms fue enviado a comisaría con grilletes ciñendo sus muñecas y una bola de plástico en el interior de la boca a modo de mordaza. Durante el camino a la comisaría, los dos agentes sentados en el coche hablaron sobre la osada forma de hablar del detenido y sobre la revolución informática a la que nos enfrentabamos en estos tiempos.
Una vez en comisaría Lord Brahms cantó como si fuese un espía ruso sometido a la presión, insistió en que su enfermedad requería una terapia atreviday les explicó a los agentes del orden el fundamento de esos ejercicios que le había aconsejado el médico. Los agentes localizaron al médico psicoanalista, responsable de la salud mental de Lord Brahms y éste les contó lo sucedido, la enfermedad, la terapia e incluso les habló de las mutaciones psicosomáticas en la piel del paciente. Lord Brahms tenía erupciones en la cara a la altura del pómulo.
-La verdad toda la verdad y nada más que la verdad- concluyó el médico. Al decir esto, lanzó una terapéutica torta a la cara de Lord Brahms, y le riñó como a un paciente de baja autoestima.
-Usted no ha dicho toda le verdad. Para empezar, va a hablarme de su infancia, de su juventud y de su madurez.
Lord Brahms juró que no recordaba nada de sus juveniles años mozos.
El psicoanalista le arreó una nueva torta a la cara y Lord Brahms repitió las palabras que ya pronunciaba de manera inconsciente "No recuerdo nada de mis juveniles años mozos"
El médico se apartó para hablar en privado con los agentes y les pidió que iba a proceder a una sesión de hipnosis.
-¿Qué necesita que hagamos, doctor?- preguntó el agente.
-Traigan de inmediato una grabadora de mano, una porra eléctrica y una cámara de fotos.
El psicoanalista, licenciado en la Universidad de Buenos Aires, volvió a la sala de interrogatorios y se dispuso a hipnotizar a Lord Brahms. Lo hizo en cuestión de segundos. Los agentes tomaron fotos, grabaron la sesión y utilizaron la porra eléctrica en momentos en que Lord Brahms se llevaba la mano a la bragueta. En conclusión, Lord Brahms, al contar el capítulo referido a su juventud, se autoinculpó en un asesinato cometido hacía treinta años. Narró los hechos, ahogó a un amiguito con un calcetín de punto y ocultó el cuerpo dentro de una cámara frigorífica, enterrada en un agujero cavado en el suelo de uno de entre los miles y miles de túneles que se arraciman bajo la ciudad.
Lord Brahms fue enviado al calabazo hasta probar la veracidad o falsedad de los hechos. Cuando se dirigía a su celda, Lord Brahms le dio las gracias a su médico con palabras como, gracias doctor, estaba desesperado, sé que hoy dormiré tranquilo.