jueves, 15 de noviembre de 2007

Un sueño maldito: Thesa.


Thesa es una mujer entre mil millones. Lo sabreis en cuanto os cruceis entre sueños con la mafiosidad de su mirada, con la belleza de su rostro. Os encantaría conocerla. Sé que a todo hombre o mujer le encantaría.Fuma tabaco egipcio y cruza las piernas como si fueran dos látigos. Su cenicero es cósmico y su fuego es eterno. Casi me parece que más que una persona es un maniquí que cobró vida. Toma sangre en las noches en que le apetece comerse un hombre y sale a la calle en busca de uno que le guste.Los hombres son primates incapaces de hacerle daño. Para ella no es dificil encontrar hombres o mujeres que deseen amarla, contemplar el revuelo de su cabello , acercarse tímidamente hasta que ella les de permiso para besar la zona erógena entre sus piernas, para acariciar sus piernas suaves tersas hasta que ella diga basta. Thesa lo ha probado todo. La mujeres son las más proprensas a morir en las calles por acariciarla, las chicas vírgenes segregan liquidos con los que intentan atraerla.Yo, al menos, no he tenido mayores prblemas con Thesa. Me ama de manera diferente, como una especie de amante eterno y sagrado al que no se toca. Me ama con una palma caliene de su mano.Me introduce en sus sueños y me canta una alentadora en mis oídos, y me duermo recostado en su seno. Me adora y yo la adoro a ella como imposible, como que es la idea tenaz que engendró Lucifer. El vientre de Thesa está maldito ¿Qué dónde encontrareis a Thesa? Ella os encontrará a vosotros. Si es que quiere.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eh, Álvaro Bruno.

Yo kiero encontrar también verme con Thesa
yo kiero el dolor de sus dos látigos fustigándome con extrema crueldad... hasta los abismos del placer.

Oh Thesa, Thesa...

Manolo dijo...

y 4

El asaltante se incorporó como pudo, con sus manos manchadas de sangre, con su torso manchado de sangre, con su cuchillo cubierto de sangre, de la sangre de Silvia, que yacía sobre el suelo del vagón, entre dos filas de asientos, con la mirada fija en él, con la vidriosa mirada fija en ninguna parte.
Nunca le había sucedido algo así. Hasta ese momento, las chicas habían cedido a la fría amenaza de su arma, y no les había pasado nada, como era normal, como pasaba siempre, ellas se quedaban llorando mientras él salía relajado y feliz del tren. A veces se le resistían más de la cuenta, pero nunca tanto como esa chica.
No supo qué hacer, y en cuanto vió esos ojos fríos mirándole, se quedó paralizado, y sintió la necesidad de salir del vagón, y así, manchado con la sangre de su víctima, se bajó en la siguiente parada, y se dirigió a un hospital, confuso, con la mirada fija de Silvia clavada en su frente.