sábado, 22 de diciembre de 2007

Reunión

Era indudable que Jesús fue el centro de la reunión y a pesar de ello, su aspecto se exhibía como el más desaliñado, el más imperfecto. Era obvio que algún desconocido lo había vestido de una manera demasiado impersonal. Sus dientes invisibles, su cabello despeinado... le daban en conjunto, un aire de dejadez, de alma desértica. Todo eso sumado a que no pronunciaba una palabra. Todos miraban extrañados su postura, su rostro que aparentaba estar dormido. A los niños apenas les permitían acercarse a él, quizá alguno quiso mirar desde lejos. Los adultos en cambio si que se le acercaron, segregaban lágrimas ante su rígida postura y le expresaban palabras de aliento y cariño. Yo pasé junto a él para mirarlo de cerca y, verdaderamente, me dio un miedo terrible pensar que Jesús pudiese levantarse o dirigirme una palabra. Su rostro no cambiaba, la comisura recta de sus labios le daban un gesto de rudeza, de intransigencia y se me asemejaba a la postura rígida propia de un monarca. Todos interpretaban la escena de la misma manera: el mármol cristalino, la indumentaria oscura....

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