miércoles, 6 de mayo de 2009

Lumperio.

No era la casa más blanca ni más diafana de lo que la recordaba. Sus pupilas acaparaban cada rincón vacío y lo llenaban de antiguos muebles que antes habían estado allí, posados en la blancura. Su mujer, Andrómeda, había limpiado aquella casa a conciencia y ya nada quedaba de vida más que los recuerdos del pasado y alguna pelusilla acorralada en los railes de las ventanas.
Dibujó un pentágono en el centro del salón y sacó de la maleta velas de colores para el rito. Arrodillóse sin más miramientos y en pocos segundos las paredes de la casa fueron tiñéndose de colores alegres, de fuentes de mesa con manojos de verduras y de plantas verdes y brillantes., cuadros de colores cálidos y un reloj de pared de campanadas estridentes. Al poco apareció Andrómeda espectante.
-¿Qué haces preguntó? Otra vez no, por favor.
-Todos nos merecemos una segunda oportunidad.
Andrómeda se arrodilló junto a él para impedírselo. Lo tomó de las manos y lo obligó a detenerse. -¡Dios mío! ¡Jamás debí casarme contigo!